El fin de los tiempos

Se hace difícil escribir sobre El Ministerio del Tiempo sin la certeza de saber si el episodio emitido el pasado martes habrá sido el último y definitivo.

Pero asumiremos que sí, porque todo parece indicar que así ha sido.

Los viajes en el tiempo, en prácticamente todas sus modalidades, son un recurso narrativo muy atractivo, pero a la vez muy arriesgado. Como mínimo, provoca cefaleas (véase Primer); algo que no es de extrañar cuando se juega con algo que los seres humanos no entendemos como la naturaleza del tiempo.

La experiencia nos dice que la mejor manera de salir airoso en estos asuntos es aprender a tirar por la ventana cuando conviene la coherencia cuando esta no es más que un obstáculo a la hora de contar una buena historia.

El Ministerio del Tiempo adopta esta sana estrategia, pero diríase que se pasa varios pueblos con ella. La verdad que lo aceptamos, porque la idea de la serie es la sugerente mezcla de un concepto como el funcionariado con los susodichos viajes en el tiempo, en forma de puertas que permiten acceder a distintos momentos que son controladas por un ministerio secreto del gobierno de España.

La premisa se completa con la misión de proteger la historia (que a menudo no queda muy claro de qué). De esto se encarga el ministerio con sus patrullas y sus misiones, lo que da pie a todo tipo de aventuras (acción, thriller, etc.) a lo largo de varios siglos.

Esto suena a idea cojonuda, y de hecho lo es, y la serie a menudo lo borda; especialmente gracias a grandes dosis de sentido del humor y momentos de gran inventiva. Sin embargo, la serie cojea a menudo- el que escribe diría que por falta de tradición en la industria televisiva española en hacer series de este estilo- no estoy muy puesto en el tema, pero comparen los siete párrafos sobre ciencia ficción y TV española con su homólogo yanqui.

Esto se ve sobre todo en que la mayoría de los elementos de la serie están bastante bien, pero encajan poco. El guion flojea a menudo y el reparto no consigue taparlo.

Pero a pesar de todo ello, creo que El Ministerio del Tiempo es una serie imprescindible (al menos en su mercado. Es un producto muy poco exportable, pero al parecer sí adaptable). Como mínimo, la exposición histórica es bastante divulgativa y ya por ello merece la pena sentarse a verla, pero es que además, cuando dan en el clavo, lo clavan de verdad.

Además, está gratis entera, ¿no? Pues háganse ministéricos.

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