Destinos oscuros

Seguimos con los viajes en el tiempo, esta vez dentro de la saga #1 del género; es decir, las pelis donde Linda Hamilton encarna a Sarah Connor.

Casi 30 años después de Terminator 2, una película que aún se me antoja absolutamente redonda y que sigue petándolo desde el milenio pasado, James Cameron produce y el irresponsable de Deadpool ¿dirige? en una extraña combinación que lamentablemente no sale lo bien que podría salir, pero la verdad es que también podría haber salido mucho peor.

La premisa es ingeniosa (sí, en Terminator 2 cambiaron el futuro. Pero total, ¿para qué? La humanidad no tiene remedio), vuelven Gobernator y la auténtica Sarah Connor, pero poco más. Pese a tener un argumento interesante, la narración se queda corta y los actores están entre aburridos y perdidos; con Arnie y Sarah Connor siendo meras sombras de lo que fueron en T2; al igual que las escenas de acción que si bien son imaginativas y no tienen mayores defectos, se quedan a años luz de, por ejemplo, la secuencia en los canales de Los Ángeles.

A destacar cómo consiguen colar Madrid por México (ejercicio comparativo para el lector con ese episodio de El Equipo A, ese otro episodio de MacGyver y la descacharrante secuencia del dos caballos de “Sólo para sus ojos” de 007). Por lo demás, una peli que gustará en gran medida según las expectativas que tengamos. Quizá si habéis visto las otras películas y son tan fiasco como dicen, pues quizá os deje mejor sabor de boca, pero como secuela directa (que parece la intención) de una de las mejores películas de acción de la historia, pues hay que tomárselo con filosofía.

El fin de los tiempos

Se hace difícil escribir sobre El Ministerio del Tiempo sin la certeza de saber si el episodio emitido el pasado martes habrá sido el último y definitivo.

Pero asumiremos que sí, porque todo parece indicar que así ha sido.

Los viajes en el tiempo, en prácticamente todas sus modalidades, son un recurso narrativo muy atractivo, pero a la vez muy arriesgado. Como mínimo, provoca cefaleas (véase Primer); algo que no es de extrañar cuando se juega con algo que los seres humanos no entendemos como la naturaleza del tiempo.

La experiencia nos dice que la mejor manera de salir airoso en estos asuntos es aprender a tirar por la ventana cuando conviene la coherencia cuando esta no es más que un obstáculo a la hora de contar una buena historia.

El Ministerio del Tiempo adopta esta sana estrategia, pero diríase que se pasa varios pueblos con ella. La verdad que lo aceptamos, porque la idea de la serie es la sugerente mezcla de un concepto como el funcionariado con los susodichos viajes en el tiempo, en forma de puertas que permiten acceder a distintos momentos que son controladas por un ministerio secreto del gobierno de España.

La premisa se completa con la misión de proteger la historia (que a menudo no queda muy claro de qué). De esto se encarga el ministerio con sus patrullas y sus misiones, lo que da pie a todo tipo de aventuras (acción, thriller, etc.) a lo largo de varios siglos.

Esto suena a idea cojonuda, y de hecho lo es, y la serie a menudo lo borda; especialmente gracias a grandes dosis de sentido del humor y momentos de gran inventiva. Sin embargo, la serie cojea a menudo- el que escribe diría que por falta de tradición en la industria televisiva española en hacer series de este estilo- no estoy muy puesto en el tema, pero comparen los siete párrafos sobre ciencia ficción y TV española con su homólogo yanqui.

Esto se ve sobre todo en que la mayoría de los elementos de la serie están bastante bien, pero encajan poco. El guion flojea a menudo y el reparto no consigue taparlo.

Pero a pesar de todo ello, creo que El Ministerio del Tiempo es una serie imprescindible (al menos en su mercado. Es un producto muy poco exportable, pero al parecer sí adaptable). Como mínimo, la exposición histórica es bastante divulgativa y ya por ello merece la pena sentarse a verla, pero es que además, cuando dan en el clavo, lo clavan de verdad.

Además, está gratis entera, ¿no? Pues háganse ministéricos.

Disquisiciones sobre envolturas donde los gusanos se tornan crisálidas

“The No Asshole Rule” es un libro sobre desgraciadamente quizá la mayoría de entornos sociales en los que participamos; es decir, uno de esos donde hay personajes (mayoritariamente en posiciones de poder) que amargan la vida a los demás.

Me cuesta decidir si recomendarlo. Pese a tratar un par de temas incómodos (¿no serás tu el capullo? ¿puede ser útil un capullo?) y resultar ameno y cortito, el libro parece aportar poco más allá del sentido común y un montón de anécdotas y estudios de esos de comportamiento que sospechosamente dicen exactamente lo que queremos oír.

Pero puede que el valor de este libro sea tenerlo a mano para regalar/recomendar/prestar a alguien que lo necesite, pues a veces 200 páginas escritas por un profesor de Stanford pueden resultar más efectivas que lo que podamos improvisar nosotros mismos (por no hablar del esfuerzo que supone).

Dentro de ese contexto, puede ser una buena inversión dedicar un par de tardes a leerlo y familiarizarnos con su contenido para poderlo prescribir con conocimiento de causa; así que sin ser un libro brillante ni mucho menos, seguramente haya cosas mucho peores a las que nos podemos dedicar en vez de a su lectura.