Detente y préndete fuego

La subcultura, friquismo, cosa geek, etc. parece estar de moda últimamente. La tecnología cobra cada vez más importancia y se infiltra hasta puntos insospechados hasta hace poco en el día a día de la gente corriente. Famosos de la informática como Jobs o Zuckerberg son celebridades del calibre de muchos deportistas, actores y músicos. Como no podía ser de otra manera, esto hace que las artes- literatura, cine, televisión… cada vez beban más del mundo tecnológico en sus obras. Sin embargo, hasta el momento (y hasta donde yo he visto), esto ha sido un fenómeno parcial- cultos de personalidad, referencias… poco más.

Halt and Catch Fire, sin embargo, es de las primeras obras relevantes para el gran público centrada argumentalmente en el mundo tecnológico- específicamente en la época de los clones del PC de IBM en los 80. Pese a tomarse licencias artísticas con la historia (la Cardiff Electric de los protagonistas es en gran parte Compaq, pero con bastantes cambios), HaCF no sólo puede considerarse histórica en el sentido que un biopic de Napoleón lo sería, sino que además entreteje la tecnología en el argumento (y además, con grandísimo acierto).

La historia se centra en un ex-comercial de IBM, Joe MacMillan (genialmente interpretado por Lee Pace… sorprendentemente el Thranduil del Hobbit o el villano de Guardianes de la Galaxia) que aterriza en una pequeña empresa de informática de Dallas planeando un producto clave de la época. Su personaje, magnético como debe ser, bascula entre lider carismático y traidor deleznable- de impecable traje caro pero con misterios y bagaje personal, se rige como el eje alrededor del cuál gira la historia. Le acompañan la programadora Cameron Howe (una tal Mackenzie Davis que no me suena de nada) y Gordon Clark [¿Gordon por Gordon Moore de Intel y de la ley epónima? Por Clark sólo me sale un fundador de SGI y Netscape], el experto en hardware (Scoot McNairy- al parecer sale en 12 Años de Esclavitud y Argo). En las dinámicas entre los tres rápidamente cobra protagonismo Donna, la esposa de Gordon, (una magnífica Kerry Bishé- al parecer es la segunda vez que interpreta a la esposa del mismo actor) que es mucho más multidimensional que el otro par (Cameron es excesivamente punk-manzanil para mi gusto- Gordon es un personaje más interesante pero que a mi no me llama mucho) y se lleva una buena cantidad de momentos estelares.

En el aspecto técnico (no hablo de la fotografía, ambientación, edición… todo impecable) no es sólo que HaCF capte la esencia de una época de la industria informática y trace un drama bastante sólido con ello, sino que además los aspectos informáticos se incorporan con total naturalidad y muchísimo acierto en el argumento. No es que HaCF no contenga gazapos técnicos de esos que me levantan del sofá con indignación (yo no he cazado ninguno al vuelo- indudablemente tiene alguno pero ninguna “licencia artística para matar”) sino que grandes éxitos del mundillo son puntos claves de los episodios (una educativa historia sobre los backups, hacer ingeniería inversa de la BIOS de IBM con un osciloscopio, abrir un disco duro y recuperar datos con acertadas alusiones a la FAT, …), haciendo que salte de mi asiento para aplaudir.

Con todo esto, HaCF nos cuenta una historia de pioneros y de los riesgos y daños personales que conlleva. Una historia con personajes trabajados, con sus claros y sus oscuros… con un argumento emocionante que hace que al acabar un episodio quieras ver inmediatamente el siguiente (por no hablar de la larga espera hasta la recientemente anunciada segunda temporada- parece que ha triunfado más allá de los ordenadorfílicos). Y además, ya era hora que alguien hiciese una serie para nosotros.

Cuentos del Triángulo Verde

(un relato chorra para un concurso de relatos cortos humorísticos… que no tuvo muy buen resultado :))

1.

Nadie recordaba ya nada de la antigua civilización, pero Grub estaba bastante seguro de que el templo de suministros había sido uno de sus pilares. Entre polvo y escombros, el templo se alzaba majestuoso desafiando al sol y a las tormentas de arena.

Su tribu anhelaba los extraños artefactos que atesoraba, pero muchos de sus guerreros habían sido diezmados intentando asaltarlo o interceptando los convoys fuertemente armados que lo abastecían periódicamente.

Recordaba el salvoconducto que había encontrado su abuelo cuando Grub era apenas un cachorro. El esqueleto se aferraba a su posesión más valiosa, pero apenas un tirón bastó para arrancarle el pequeño rectángulo plastificado. Casi no pudo contener la emoción cuando su abuelo se lo enseñó al guardia y éste les invitó a entrar.

No sabían qué magia iluminaba el lugar, ni qué extraña fuerza impulsaba las vías a las plantas superiores, ni de dónde salía ese frescor que al principio te hacía olvidar el infierno exterior, pero que luego te helaba hasta los huesos.

Pasaron varias horas recogiendo tesoros, que los propios guardias les colocaban en alforjas de plástico simplemente presentando el salvoconducto.

El día acabó cuando un guardia se quedó con el salvoconducto a cambio del último artefacto y les escoltó hacia la puerta, pero fue una jornada gloriosa de la cual seguían hablando cada noche al caer el sol, aunque ni siquiera eran capaces de comprender su botín.

Esos borrosos recuerdos emergían en la mente de Grub mientras se dirigía al templo. Como explorador, le correspondía introducirse e interpretar los auspicios regularmente. Esto era más complicado de lo que parecía e infinitamente más peligroso. Habían descubierto que la actitud exacta, con un preciso equilibrio de interés y desinterés, podía mantener a los guardias a raya. Si no mirabas lo suficiente, te conducían a empujones hasta la entrada. Pero si demostrabas mucho interés por un artefacto, tu destino era mucho peor. El guardia se acercaba y entablaba conversación. Nadie conocía el lenguaje ni las encantaciones apropiadas, sólo arrodillarse y ofrecerles un salvoconducto los apaciguaba. Nunca descubrieron qué hacían con los cadáveres.

Grub deambulaba entre las estanterías. De vez en cuando añadía su toque personal, cogía algo y hacía ver que interpretaba sus escrituras, mientras controlaba al guardia por el rabillo del ojo. Esto parecía satisfacerles.

Las miradas de los guardias eran cada vez más insistentes y cuando Grub estaba a punto de dar por concluida su incursión, lo vio. Cayó de rodillas donde se encontraba. Su padre le había enseñado a interpretar los cuatro auspicios, igual que su padre antes que él, y aquel era el peor de todos.

El árbol de frutos redondos y brillantes, el hombre de rojo y los abrigos de animales.

En dos o tres lunas nuevas, llegaría el frío y la desolación. Su abuelo le había explicado cómo el anterior invierno prácticamente acabó con ellos. Grub escuchó una voz, pero no supo interpretarla. Sus sollozos acabaron de ahogar la locución mística y la tétrica melodía.

«Ya es Navidad en El Corte Inglés.»

2.

—No lo queremos.

—¿Cómo?

—Que no lo queremos.

El robot se encogió de hombros. No era algo habitual, pero esto había excedido su programación.

—Tendrán que hablar con mi supervisor.

Eva y Lucas se acomodaron en sus asientos.

—De acuerdo.

El robot se levantó, dio la vuelta, se dirigió al hombre del despacho y le explicó todo. Antes de salir a hablar con ellos, el supervisor convirtió su cara de sorpresa en su mejor sonrisa.

—Buenos días. RA21 me ha comentado su caso y creo que no le he entendido del todo bien.

—Que queremos devolverlo.

—Ya —enterró la vista en los papeles que había en la mesa—. Pero veo que no tiene ningún problema, ningún defecto de fábrica.

—Eso es técnicamente cierto, desde luego —dijo ella.

—Pero queremos devolverlo —dijo él.

—No lo comprendo.

—No forma parte de su… ¿política?

—Sé lo que quieren decir, pero esto es del todo irregular. Cubrimos los defectos de fabricación, pero…

—Pero es que no nos gusta. Es un… pesado.

—Y un cabroncete.

—¿Cómo? —A pesar de su amplia experiencia, no pudo evitar la sorpresa. Se recompuso rápido.

—Mire, al principio éramos comprensivos. No nos dejaba dormir, pero… pensábamos que era normal. Pero iba pasando el tiempo y no mejoraba.

—Lo que mi mujer quiere decir… pues sí, crecía con normalidad, dentro de lo esperado. Pero…

—Es un gamberro. Y no para de tocarnos las narices.

El supervisor, bajo una mueca de atención absoluta, no daba crédito. En un mundo saturado de contaminación, la tecnología que los chicos del supermercado habían inventado no sólo producía unos filetes excelentes, sino que resultó ser la mejor manera de tener hijos sanos y perfectos, completamente libres de la plaga de las mutaciones. Buscando atender todas las necesidades de sus clientes, abrieron el departamento de reproducción asistida hacía apenas seis años.

—Pero todo esto son criterios subjetivos. El niño no presenta ninguna mutación. Su ADN es —Alzó los papeles y les enseñó los marcadores— completamente armonioso. El fenotipo… admitirán que el parecido es notable.

—Sí, pero el crío es un maldito caprichoso e insoportable.

—Debe disculparla, ayer volvieron a expulsarle del centro educativo. Es que no hay manera.

—Mire, nos da igual el dinero. Sólo queremos que… que se lo queden. Ustedes siempre insisten en eso, ¿no?

El supervisor suspiró sonoramente. «La política que ha sobrevivido una guerra nuclear», pensó. Entonó la letanía con resignación.

«Si no quedan satisfechos, les devolvemos su dinero.»

3.

Se sentó delante del ordenador. Era un tipo bajito, algo barrigón y bastante calvo. Sudaba.

Abrió el navegador e introdujo la dirección.

«Instalando el plugin Mindterest 3.5 para una perfecta experiencia de compra», decía la pantalla, mientras el hipnótico círculo giraba en su danza infinita.

Golpeteó nerviosamente el ratón.

La página cargó, con el habitual listado de categorías. Vio la muchacha tridimensional en la parte derecha de la pantalla. «Haga clic aquí si desea saber más sobre su nueva experiencia de compra.» Era bastante atractiva, pensó, y le echaba una mirada inquisitiva. Sonrió levemente.

«Me temo que no ofrecemos ese tipo de servicios.» Había desaprobación en ese cuadro de texto.

Enrojeció levemente. Clic, clic, cancelar.

«En nuestra sección de psicología encontrará títulos como ‘Superar el ridículo’ y ‘Conteniendo sus deseos’, haga clic en los títulos para más información.»

Una gota de sudor recorrió su frente. Clic, clic, cancelar.

Se echó una ojeada rápida, avergonzado.

«El departamento de alimentación tiene una amplia selección de comida dietética preparada por nuestros especialistas en nutrición.”

CLIC, CLIC…

«… programas de ejercicios…», los popups emergían más rápido de lo que podía cerrarlos.

¡CANCELAR!

Joder con el plugin, era peor que el Flash de los antepasados. Su vida era una mierda, pero no necesitaba que un avatar impoluto se lo recordase.

«Quizás podrían interesarle nuestros nuevos servicios de psicología, haga clic aquí para obtener detalles.»

Alzó una ceja. En aquel momento tampoco le pareció tan mala idea. Quizás le haría bien.

Clic, clic.

La página cargó lentamente. Sin pensarlo, se desplazó hasta la parte inferior para ver los precios. «Puf, prohibitivos», pensó, y vio su desilusión reflejada en la pantalla.

«En el supermercado encontrará una promoción 3×2 en cuchillas de afeitar. Bueno, en realidad sólo necesitará una…»

Reparó con resignación en el eslogan en el pie de la página y se quedó mirando al infinito.

«Especialistas en ti.»

 

Interestelar, iintereeestelaaar, cabróoooon

Con ganas de emular a Kubrick, el batmanesco Nolan se empolla todo lo que puede de la relatividad esa y pone al trudetectivesco McConaughey como ingeniero espacial.

Probablemente sea de las primeras películas en montar medio argumento en torno a la dilatación del tiempo; un experimento interesante pues si ya es costumbre habitual jugar con la cuarta dimensión en el cine (cinco minutos nunca son cinco minutos), con esto se puede buscar nuevos dramas a explorar.

La peli gira entorno de la búsqueda por parte de una NASA en la sombra de un planeta al que la humanidad pueda escapar de una Tierra moribunda. McConaughey encarna al héroe perfecto pero imperfecto que deja mucho atrás para lanzarse en una aventura suicida. La Hathaway y Michael Caine encarnan a hija y padre que le apoyarán- y por supuesto ese reparto sorpresa que a mi me dejó bastante frío.

Empezaré por lo bueno. Visualmente Interstellar es una auténtica maravilla. Desde los fantásticos fenómenos cósmicos, pasando por las trepidantes descargas de acción y acabando con en fascinante diseño de los robots, es una gozada verla. Estos últimos son dignos herederos de HAL (el guiño de la escotilla, lo mejor de la película) y también del kevinespeisiesco ordenador de Moon- no tremendamente originales (en cuanto a personaje- su formato es un hallazgo), pero protagonizan algunos de los mejores momentos de la película.

Pero. Pero la peli no sobrevive a su complejidad. Tanta relatividad y tanta leche redundan en eternos diálogos de exposición. Será manía mía pero no puedo evitar pensar en ellos como un fracaso cinematográfico: si no lo puedes explicar en imágenes es que no sabes. En los silencios del 2001 que tanto se quiere emular, yo veo maestría; en los inacabables parloteos interestelares, yo veo torpeza. La verdad es que yo no sabría narrar esto sin tanta palabra… pero eso quizá quiera decir que Interstellar deba ser un libro (que podría haber firmado Clarke perfectamente) que nunca pueda ser adaptado al cine. Lo otro, y seguramente relacionado con lo anterior, es el abuso de deus ex machinas, de cosas cogidas por los pelos, de apariciones súbitas y inexplicables y, sobre todo, de intentos lamentables de tapar todo esto (me viene a la cabeza un monólogo de la Hathaway que a ratos me pareció que estaba avergonzada de pronunciar). Por cada momento bueno hay otro que te lo puede estropear.

Pero. Pero a pesar de ello vale la pena ver Interstellar. Merece ser recompensada por arriesgar e intentar explorar galaxias desconocidas. Igual los que caminen este camino cuando otros muchos lo hayan caminado serán infinitamente mejores- pero le deberán mucho a este pionero, que nos habrá familiarizado con nuevos recursos argumentales para que la próxima vez no nos los tengan que deletrear. Y a pesar de todo, la peli sigue siendo espectacular, cuenta con buenas escenas y transmite emoción (esto último con éxito desigual).

Mi lenguaje de programación favorito

A todos nos gusta meternos en disquisiciones filosóficas inútiles, generalmente de la forma de “escoger el mejor X”. Para esta aburrida mañana de sábado, voy a hablar de mi lenguaje de programación preferido- un tema nada original.

Para empezar, ¿cuál es el criterio subjetivo para definir “favorito”?

Pues voy a escoger “productividad en su ámbito”; es decir, lo rápido que me permite resolver problemas en un área específica. Por supuesto este criterio está influenciado por los ámbitos en los que uno trabaja y requiere esta productividad.

Dentro de estos criterios, cada vez me es más difícil no responder “el bash”. Con el paso del tiempo he descubierto que para una amplia gama de situaciones, la mejor respuesta es indudablemente abrir un terminal y vomitar una sarta de bash y, muy frecuentemente, observar como funciona a la primera.

Podéis quejaros de que es un argumento un poco tramposo. Cuando uno habla de bash, nunca habla del bash en aislamiento- lo que hace realmente útil al bash es la infinidad de comandos que puede combinar- ya sea herramientas estándar como cut, grep, find, etc. como otras más evolucionadas como el curl u otras más esotéricas como el genial xmlstarlet- o incluso herramientas que son lenguajes de programación a escondidas, como el sed o el awk.

Pero argumentaré que el resto de lenguajes también son inútiles sin sus librerias- es sólo que el bash tiene una librería estándar descomunal que resulta ser cualquier cosa que se pueda ejecutar desde una línea de comandos.

El bash también cuenta con el concepto del pipe- presente en todos los shells pero sorprendemente ausente de la mayoría de los demás lenguajes de programación. El pipe es el pegamento perfecto para combinar cosas en el bash- la mayor parte de bashismos son cosas del tipo:

cat fichero | grep foo | cut -d , -f 3,5 | sed "s/^/foo:/" >resultado

; con esta sencilla primitiva combinamos sin fisuras cuatro comandos distintos- e infinitos más.

El conjunto del bash y el conjunto de herramientas estándar es tan armonioso que la mayor parte de manipulaciones de ficheros de texto, operaciones entre ficheros, etc. pueden resolverse con unos cuantos pipes y unos cuantos grep. Bash también nos permite definir funciones bastante ágilmente, cuenta con estructuras de flujo de control bastante majas, nos permite un primitivo control de errores y lo mejor de todo, permite reciclar nuestro código en scripts fácilmente reutilizables.

Si tuviese que escoger otro lenguaje favorito, por motivos similares escogería el SQL. SQL pelado, sí. Si puedes meter tu información en una base de datos relacional (y a menudo ya vive allí, porque las bases de datos son los mejores hogares para los datos), el SQL te permite con la misma brevedad que bash aplicar cualquier transformación a esos datos, extraer los que te interesan y sumarizarlos a gusto. En mi carrera profesional, pocas cosas se me han valorado más que la habilidad de extraer datos en minutos de una base de datos.

Lo más sorprendente de SQL es que, a diferencia del bash, es un lenguaje profundamente declarativo: raramente le decimos a SQL cómo tiene que hacer las cosas, sino que le decimos lo que queremos y él se preocupa de ejecutarlo de una manera eficiente (siendo capaz de realizar operaciones complejas sobre enormes conjuntos de datos en un periquete).

Detras del bash y SQL vendrían otros; Python por ser un lenguaje de propósito general claro y productivo (que además cuenta con Django- el framework para CRUD más productivo que he encontrado nunca)- Java por similares motivos, pero contando además con un rendimiento espectacular y características y herramientas esenciales para construir programas de gran tamaño, o Haskell, cuya elegancia matemática y su sorprendente modelo siempre me deja boquiabierto.

Pero antes de todos estos lenguajes populares siempre están esos dos- que muchos ni tendrían en cuenta como lenguajes de programación (pues son de ámbitos reducidos), pero que ejecutan funciones (específicas, eso sí- pero muy comunes) a la perfección.

Monos y más monos

Hace relativamente poco me pegué una sesión semidoble de El Origen del Planeta de los Simios (2011) y El Amanecer del Planeta de los Simios (2014) que, como mínimo, deberían servirnos para quitarnos el mal sabor de boca de la infumable entrega de 2001 de Tim Burton.

Se trata, como no, de un nuevo reboot que ignora todo lo que vino antes y que ofrece una reimaginación de la idea de los simios alzándose sobre los monos sin pelo- que hay que admitir que es una premisa ultraatractiva que a todos nos apetecería desarrollar. Hemos visto las dos primeras entregas de esta supuesta trilogía, que reseñaremos juntas por economizar.

En El Origen, se nos da el origen la historia, la investigación de un científico (acertado James Franco) para curar el Alzheimer que ataca a su padre (el prolífico John Lithgow) que desencadena los acontecimientos- el salto de inteligencia para los simios y una plaga que 10 años más tarde ha diezmado la población humana en el arranque de El Amanecer. En esta, un reducto de supervivientes humanos liderado por Gary Oldman lanza una expedición para intentar recuperar una central hidroeléctrica en territorio simio.

Como es de esperar, la serie hace una transición de thriller científico con toque simiesco a peli de acción/aventuras centrada en los primates, con bastante gracia. La primera entrega se sostiene inicialmente en el trabajo de Franco y Lithgow y la posterior introducción del simio interpretado por Andy Serkis, todo un experto en dar vida a personajes 3D. Los tres forman una dinámica perfectamente equilibrada con grandes dosis de emotividad. El conflicto que dirige el argumento es por otra parte algo forzado y a menudo inverosímil- los humanos malos son caricaturescamente malos y estúpidos, resultando unos villanos un tanto flojos, quedando relegados por el debate interno de César, el mono inteligente protagonista y en menor medida por el atormentado Koba, que pese a no contar con mucho metraje, se apodera de gran parte de la película.

La primera  parte acaba con el inquietante avance exponencial de la plaga, lo que nos lleva a la segunda película. La parte primate de la primera entrega se conserva y amplia; César y los suyos han establecido una población que lleva un par de años al inicio de la peli sin ver un humano y que comienzan a pensar que se han extinguido. El reparto humano es completamente nuevo, centrado en los supervivientes de un San Francisco apocalíptico que intentan poner en marcha una central hidroeléctrica, obviamente llevando a otro conflicto. Aquí la parte simia ya es clara protagonista central y la parte humana queda relegada- no sé si deliberadamente o accidentalmente, ya que el reparto humano es bastante flojo. Mientras que los simios gozan de un amplio abanico de registros, los humanos o son buenos muy buenos, o malos muy malos, o irrelevantes. El protagonista es un buenazo blandengue, acompañado de una mujer e hijo no menos pánfilos que tienen que comportarse como tontainas para que el argumento siga su curso- que los humanos muy malos se piquen con los simios y se líe parda.

César es, a la espera de la tercera parte, el protagonista principal, y Andy Serkis nos ofrece un personaje matizado y con unos conflictos irresolubles y muy verosímiles. Koba y el científico de James Franco le dan muy buena réplica, así como el variado reparto de primates. El argumento aprovecha bastante bien la jugosa premisa, aunque los conflictos y sus desarrollos se ven bastante forzados en ocasiones, y nos encontraremos en innumerables ocasiones preguntándonos ysíes y yporqués… que se juntan con el lastre de ser un reboot que resulta bastante pesado a veces.

A pesar de todo ello, y de las ganas que tengo de condenar a este Hollywood que abusa del reciclaje, debo decir que me tragaré la tercera cuando salga y que vale la pena verse las dos primeras.

Los centinelas siderales

Los Guardianes de la Galaxia es una nueva entrega del grandilocuente “Marvel Cinematic Universe”, es decir, la serie de pelis producidas por Marvel Studios, hasta el momento formada de Los Vengadores y pelis sobre sus miembros. Recordemos que los derechos a producir películas de superhéroes Marvel están pelín dispersos- la Fox tiene a la Patrulla X, los 4F y Daredevil, Columbia tiene a Spidey y hay alguna migaja más repartida por ahí.

Guardianes se basa en un grupo (relativamente desconocido para el Marvel Zombie que escribe esto), con ambientación futurista espacial ciertamente particular- sí, uno de los miembros del grupo es un mapache de destrucción masiva y el prota y líder venera los ochenta. Vamos, que le han subido el volumen al humor de Iron Man todo lo que han podido. El responsable de todo esto es un tal James Gunn, del que no hay que decir mucho más que es un ex-Troma (guionista de Tromeo y Julieta, por poner un ejemplo), aunque su entrada en la Wikipedia es la mar de entretenida como portal a un mundo de cosas extrañas.

Al ochentero y al mapache hay que sumarles a un ser arbóreo de limitado vocabulario, a un forzudo galáctico que se lo toma todo literalmente y a una sosa repartidora de patadas voladoras. Estos se verán unidos por inconexos eventos contra el curiosamente denominado “Ronan el Acusador” en una trama de dimensiones galácticas, artefactos destruyemundos, chascarrillos a docenas y una banda sonora de grandes éxitos de los setenta y ochenta.

¿Funciona esta curiosa mezcla?

Pues a ratos. La acción es impecable y trepidante, con unos efectos visuales deslumbrantes (que resulte verosímil un mapache parlante vaciando cargador tras cargador es algo que realmente no se ve con frecuencia) y un ritmo bastante acertado- sólo por eso creo que ya vale la pena irse al cine a verla. Por otra parte, la peli cojea a ratos. El argumento es flojillo, y a parte del mapache, el ochentero, el arbolillo y el forzudo literal, el resto de personajes deja bastante que desear- vale que muchas pelis no tienen 4 personajes buenos como tiene esta, pero se echa de menos algo de carisma en los villanos y resto de secundarios.

El humor de la película igual me pilló un poco descolocado. Cuando su improbable composición funciona, funciona muy bien. Las referencias a la cultura pop son un éxito casi seguro, sí, pero la cantidad de apuestas arriesgadas de la cinta es digna de admiración; el uso de la música, el humor físico (los fans de la somanta de palos de Hulk a Loki en Los Vengadores tendrán que contener las lágrimas de la risa en una escena bastante similar), los desajustes mentales de los protagonistas y un sinfín de recursos humorísticos provocan numerosas carcajadas. Eso sí, más de un gag me pareció algo forzado y disonante. En particular, Chris Pratt que interpreta al prota y que es de los pocos que no está enterrado en maquillaje o es directamente un efecto especial, tiene una interpretación bastante irregular en cuanto a su faceta cómica- a veces clava con naturalidad su personaje, pero en bastantes ocasiones le sale algo forzado, aunque quizás sea todo fruto de alguna situación extremadamente ambiciosa o que uno tenía las expectativas por las nubes.

En fin, que sí, que hay que verla. Creo que los que dicen que es La Guerra de las Galaxias de esta era se pasan un poco, pero es ciertamente un plato bastante único dentro del género de los superhéroes y aunque uno le vea demasiados defectos como para considerarla el segundo advenimiento, creo que lo original de su propuesta y el puro deleite que ofrece a ratos bastan para perdonarle cualquier cosa.

Pseudorebujitado: Frozen

La compañía famosa por leyendas urbanas criogénicas saca Frozen, un cuento infantil sobre princesitas Disney gay-friendly que lanzan chuzos de hielo por la mente que se torna megapelotazo. El mal sabor de boca de Brave no me auguraba mucho, pero…

El argumento de Frozen es un poco irregular. Por una parte, es original; los temas subyacentes sorprenden dentro de lo que es Disney línea dura (Pixar es Disney pero no es Disney, no sé si me entienden) y no sorprende que se le hayan dado las lecturas que se le han dado- si es lo que pretendían sus creadores no sé si lo podremos saber. Es refrescante que no sea la enésima repetición de lo de siempre y se agradece. Por otra parte, el argumento es a menudo incoherente y sirve de mero vehículo para la película; va cogido por los pelos para llevarnos a situaciones y escenas concretas y el recorrido hasta ellas flojea un poco.

Sin embargo, y a diferencia de Brave donde los puntos álgidos del itinerario no eran tan álgidos y los transbordos eran soberanos bodrios, aquí las atracciones turísticas son fabulosas y los intermedios, completamente soportables.

La aurora boreal de Frozen es Let It Go, un temazo desatado que lógicamente arrasó al Happy de Mi Villano Favorito II y la cancionucha de Her en los Óscar. Es una de esas canciones que la Disney hace para llevarse a casa la estatuilla y en este caso, se salen. No sólo la canción en sí y la interpretación (la tal Idina Menzel colecciona premios de musicales, y se nota), sino que el numerito palacio de hielo es una exhibición del mejor 3D que el dinero puede comprar.

La animación es impecable como debe ser. Los programadores encargados de dibujar hielo y modelar nieve deben haber costado dinero, pero están más que amortizados. La estética nórdica y toda esa cantidad de hielo y nieve funcionan de maravilla- el hielo captura la luz virtual y le da a la película el toque sobrenatural que necesita.

Los personajes no acaban de cuajar. Los protagonistas son algo sosos y los villanos no dan mucho miedo, pero bueno, supongo que la película no va de eso. Los dos secundarios que destacan son el muñeco de nieve que quería ir a la playa y Oaken, el comerciante (encarnado por un animador de la peli), que están metidos un poco con calzador, pero que dan las secuencias más graciosas de la cinta.

En fin; si bien no es una cinta completamente redonda, Frozen vale el precio de la entrada sólo por poder desafinar a gritos Let It Gooo al acabar. Recomendable.

El viento renquea, pero remonta

Uno tiene una relación irregular con Studio Ghibli. Si bien creo que Porco Rosso es una obra maestra del cine y soy bastante fan de Chihiros y Totoros, otras como La Princesa Mononoke me dejan frío (por no hablar de Cuentos de Terramar, de Goro hijo de Hayao, que me deja profundamente dormido).

Esta “El Viento se Levanta” trata la historia de Jiro Horikoshi, el diseñador del caza Zero que hizo estragos en las filas aliadas en la Segunda Guerra Mundial. Con mis antecedentes con películas aéreas de Miyazaki, pintaba bien la cosa.

Curiosamente, a mi me funciona más la parte romántica (la historia de Jiro con su esposa) que lo de los avioncitos. Los avioncitos es más místico que otra cosa, intentando establecer una conexión entre Jiro y un diseñador de aviones italiano de nombre Caproni. La animación marca Ghibli le da atractivo a la cosa, pero le falta algo para acabar de emocionarnos. La peli, dentro de una controversia sobre una supuesta falta de mensaje antibelicista, retrata los diseños de Jiro en poco más que vuelos de prueba, apenas mostrando escenas de combate.

Quizá esto sea para mejor, aunque parece que mucha gente no capta igualmente el mensaje pacifista de la película.

Para mi el hilo argumental de Jiro con su mujer es el que consigue mayor emotividad. Si bien el argumento es un poco surrealista (y curiosamente, parece que se desvía bastante de los hechos reales, que a mi me hubiesen parecido más interesantes para adaptar), el tratamiento de Miyazaki de la historia es realmente fantástico y alcanza momentos de una lírica y dulzura realmente entrañables.

La suma de estas dos desiguales partes equivale a una película que está bien pero se nos antoja un poco corta para la despedida de Miyazaki. Técnicamente es sublime como toda su obra, y ya sólo por eso merece la pena pagar por verla en pantalla grande, pero le falta un pelín para volverse imprescindible.

Tengo dos móviles

En junio de 2011 me compré una Blackberry Bold 9780. En aquel momento, el iPhone 4 era el iPhone a la venta, Nokia sacó el N9 con Meego y Gingerbread era la última versión de Android para teléfonos. La Blackberry me costó 139€ (a base de puntos), sustituyendo un Nokia C5 que me encantaba pero que comenzaba a quedarse atrás.

Mi experiencia táctil anterior con un LG Viewty (modelo de 2007, coetáneo del primer iPhone) me hizo decantarme por un teléfono con teclado. No tardé en acostumbrarme a él y disfrutar de mi primer smartphone real.

Hace unas semanas, Feedly rompió el interfaz web que me permitía usarlo con relativa comodidad en mi Blackberry- unos ajustes en el comportamiento del viewport lo hicieron completamente inusable, con lo que perdí mis dos horas de metro diarias como mecanismo para ponerme al día de noticias y novedades.

Habiendo jugado bastante con un Nook y un Xperia Mini Pro, me resigné a reconocer que vivir sin un dispositivo Android o iOS (o incluso quizá Windows Phone) era una lucha cuesta arriba. La verdad que mi Blackberry de casi 3 años de edad seguía cumpliendo mis necesidades ampliamente pese a sus defectos, así que estuve bastante tiempo valorando alternativas.

Estaba bastante claro que la mejor opción era un dispositivo Android- no soy un gran fan de Apple y Windows Phone no fue una opción que consideré demasiado (¿está maduro ya? ¿Google le hace caso?). Me plantée algún tablet pequeño (7” es demasiado para llevar en mis bolsillos), haciendo tethering con la Blackberry, pero el tethering Bluetooth (BB OS 7 soporta tethering wifi, pero mi dispositivo es BB OS 6 y por tanto la única opción es Bluetooth) es frágil y en cualquier caso, la batería de mi Bold no creo que se lo tomase muy bien, así que me incliné por algo con SIM. Realmente no hay muchas opciones, y al final se redujo a un Galaxy S III rebajado o al Moto G- seguramente los mejores móviles en la franja alrededor de los 200€ (el S III estaba por 229€ con un cupón de Rakuten recibiendo además 45€ en puntos, el Moto G comienza en 150€ por la versión con 8Gb).

El Moto G me gustaba más por su tamaño, pero a nivel de especificaciones el S III se impone en casi todo lo demás, especialmente cámara y batería, así que no con muchas dudas, me lancé a ser un zombie de Samsung más.

Provisionalmente, le he puesto una SIM nueva de Yoigo (tarjeta, 7€/mes, 600Mb) y sí, soy un pringao que lleva dos móviles encima. Tengo dudas sobre las capacidades de comunicación de un dispositivo con pantalla táctil y prefiero no saltar al vacío.

Las impresiones del S III son las que uno esperaría. Enorme, pero delgado. Usar un Android potente (el S III tiene dos años, sí, una barbaridad en móviles, pero recordemos que fue el buque insignia de Samsung) es una revelación acostumbrado a BB OS- un navegador que puede con todo (el de BB OS es muy bueno con páginas adaptadas a móviles, pero le puede cualquier cosa página no móvil con una tonelada de anuncios e imágenes) y con soporte de primera línea de aplicaciones.

Sí, aplicaciones. Realmente debo decir que las aplicaciones importantes para mí (mensajería, redes sociales, mapas [aunque el soporte de Google Maps empezaba a preocuparme], etc.) están para Blackberry, y que no estoy tirando casi nada de aplicaciones en el S III (salvo Feedly, claro- pero hasta que lo rompieron, la versión web me iba aceptablemente bien), pero se nota que las apps de Blackberry están… descuidadas.

La cámara también se nota- con mi pésimo pulso sacar una foto con la Blackberry decente era un desafío- con el S III es todo mucho más sencillo.

Por último, aunque cuando lo compré la batería de la Blackberry era fantástica (un día de uso intensísimo sin problemas, fines de semana de uso ligero sin recargar), dos horas de uso intensivo en el metro con poca cobertura durante tres años destruyen cualquier batería (tanto, que me compré una sin marca- pero da más o menos el mismo rendimiento que la batería de marca usada). El S III tira de su enorme batería y no sufre para acabar el día, mientras que la Blackberry la tenía que cargar durante el día para que no me dejase tirado volviendo a casa (como curiosidad, ahora que no le doy tanto tute a la Blackberry, aguanta mucho mejor).

Pero…

Sí, teclear en cristal sigue siendo un despropósito. No tanto como pensaba, pero entre la Blackberry donde puedes teclear lo que quieras sin mirar a la pantalla, alternando idiomas, metiendo puntuación compleja, etc. y el agónico teclado táctil, sigue habiendo un mundo de diferencia. El swipe que lleva el teclado por defecto y el buen soporte multi idioma ayuda bastante, pero tiene puntos bastante débiles- sobre todo la puntuación y cuando te apartas mínimamente del diccionario. La Blackberry aguantaba hasta usos muy exigentes como usarla de terminal SSH- algo que requiere del uso de modificadores, combinaciones de teclas y palabras “raras” era algo que soportaba de maravilla, mientras que con un teclado táctil se puede hacer algo… pero es muy incómodo.

También se nota, y mucho, la atención que requiere teclear en pantalla táctil. Mientras que con la Blackberry puedes escribir andando por la calle casi sin prestarle atención, el S III dificulta muchísimo esto.

Por otra parte, el tamaño, que sí importa. No tengo las manos grandes, pero tampoco pequeñas, y el uso a una mano es terriblemente poco práctico. El ridiculizado trackpad de la Blackberry es realmente una virguería ergonómica. Se usa perfectamente con una mano, tiene muchísima precisión y para ciertos movimientos (e.g. scroll continuo), es mucho más cómodo. El S III a una mano es harto incómodo y a dos manos, hay tareas en las que pierde claramente contra el cutre trackpad. Quizá el más pequeño Moto G hubiese sido mejor en este sentido, pero…

Sí, la anticuada Blackberry es mucho más… cómoda. El teclado ayuda enormemente en la faceta “comunicativa” y alguna más esotérica, y el trackpad resuelve algunas mecánicas muy bien (selección y movimiento dentro de texto, etc.). Los atajos de teclado y búsqueda son la guinda- es mucho más cómodo teclear calc y hacer click con el trackpad que ir al menú aplicaciones, hacer swipe hasta encontrar la calculadora y pulsar el icono.

Combinar las ventajas de ambos dispositivos parece el camino a seguir, al menos de momento, aunque me costará 7€/mes (e igual los 600Mb se me hacen cortos).

Lo curioso del tema es que mi netbook sí ha sufrido un inesperado desplazamiento en su “uso en el sofá”. El S III es un digno contrincante: tiene más resolución de pantalla (¡1280×720 contra 1024×600!), 1Gb de RAM (mi netbook ahora tiene 2Gb, pero durante mucho tiempo tuvo 1Gb) y hasta reproduce mejor vídeos de Youtube. Obviamente, el teclado del netbook apabulla aún más que el de la Blackberry, pero aún así… hay días que no arranco el netbook.

La conclusión es que por favor, que alguien saque un móvil Android con el formato Blackberry clásico. Tenía esperanzas en que Lenovo comprase Blackberry, pero la política se ha puesto en medio. Igual ahora que Lenovo tiene Motorola, sacan un móvil Thinkpad con teclado, pero eso parece un sueño ahora mismo. Aunque la nueva directiva de Blackberry parece que se ha dado cuenta que sus nuevos formatos cojean (los BB OS clásicos siguen vendiendo más que los nuevos), veo muy complicado que le den la vuelta a su situación, e impensable que adopten Android.

Mientras, seguiré en esta curiosa vida con dos móviles esperando a ver como se desenvuelven los acontecimientos.

Números son números

Por hacer algo, he anotado el calendario de La Liga que queda para los 3 primeros y la clasificación de sus rivales aquí.

Cada uno lo interpretará como quiera. Yo opino que el que venza el Real Madrid – Barça se lleva la liga, pero quien quiera inventarse fórmulas, que se entretenga.

* nota, sé que restar dos porcentajes no tiene sentido…